Si
nos atenemos a los dictados de la industria y del pensamiento propietario que
la acompaña, la historia del conocimiento sería algo parecido a un línea de
tiempo horizontal que iría progresando a golpes de genialidad, en
compartimentos estancos, merced a la creación o los descubrimientos de mentes
fabulosas situadas muy por encima de las del común de los mortales
Esos
‘tesoros’ intelectuales, surgidos de la nada gracias a las dotes de
prestidigitación de estos genios, deben contar con una protección especial para
evitar su expolio, contaminación o disfrute por parte de la masa mediocre.
Son
auténticos dioses, que precisan de auténticos super dioses, ellos mismos, los intermediarios,
para velar por sus intereses. La guardia pretoriana del derecho ‘de autor’. Sin
embargo, la historia nos demuestra que la realidad es bien distinta. El
desarrollo del conocimiento es una historia de interacción y colaboración, de
copia y mejora, de aprendizaje individual y colectivo, de intercambio. Una
historia en que todos los seres
Humanos,
como nodos de esa gran red de comunicación y saber, actúan a la vez como creadores
y difusores en un sistema complejo en el que los saltos cualitativos, más allá del
autor y su talento, se producen gracias al bagaje y la aportación, tanto del conocimiento
acumulado, como de la interacción con los movimientos y las ideas coetáneos.
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